Un hilillo

Hace tiempo decidieron -¿una persona o se necesitó una reunión en la cumbre?- quitarle presión al agua de los grifos; lo que fue un chorro ahora es un hilillo. Las bibliotecas han tenido muchos usos, pero entre los previstos no se contaba con que los pobres usaran sus baños para asearse.
Tal vez no fuese porque la visión de un mendigo afeitándose en un baño público molestase; tal vez se
pretendía ahorrar; o se hizo para lucrar aún más al dueño de la máquina expendedora -los usuarios -país de pillos- recargaban los botellines con agua en el aseo-; en cualquiera de los casos alguien tomó la decisión de, no cortar el agua, pero sí convertirla en un goteo.

En las bibliotecas un día dejaban de reponer el papel higiénico; otro el gel; más tarde no borraban esa pintada en la puerta del baño ni arreglaban el pestillo. Por poner unos ejemplos de los aseos públicos, porque en la sala de lectura cuando antes traían ocho ahora tan solo dejaban un par de periódicos y revistas -y propaganda religiosa y militar, que era gratis y cuya ideología además coincidía con el partido político gobernante. Pero quedaban los libros, no las novedades, pero sí tantos libros que en una vida no pueden leerse. Entonces redujeron las horas de apertura, para que ya no pudieran leerse ni en siete vidas. Agua, aire acondicionado o calefacción, cómics, novelas, música… a alguien debía molestarle: entretenimiento y educación para los pobres, y decidió -¿o fue necesaria la reunión en la cumbre?- convertir la biblioteca en un lugar poco atractivo, como si a sus aulas de estudio les quitasen las estudiantes de derecho en verano –todas piernas y gafas.

Luego un 18 de julio de 2014 el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte publicó un Real Decreto “el que se desarrolla el derecho de remuneración a los autores por los préstamos de sus obras realizados en determinados establecimientos accesibles al público. No pretendía que las bibliotecas se convirtiesen en un videoclub -aún- pero el escaso presupuesto de éstas se gastaría en estos pagos que tampoco estaba claro que revertiesen en los autores.

Las bibliotecas poco a poco se habían convertido en un lugar inhóspito: no fue en un día ni en dos, fue una labor de destrucción deliberada. Antes de arruinarlas físicamente, las arrancaron del corazón de los ciudadanos: dejarlos antes sin ellas -por muy pequeñita que fuese- era como incendiarles la de Sarajevo, ahora se preguntaban: “¿para qué queremos mantener este servicio? ¿no funcionaría mejor en manos privadas?”.

Y con eso contaba este Gobierno, que con la misma sangre fría y simultáneamente, había aplicado la misma táctica a todo lo que se llamase “público” y que era el orgullo ciudadano: sanidad -que ha bajado en valoración de los españoles por cuarto año consecutivo-, educación… Al cuarto año de su desgobierno ya miraban a sus antepasados como a sus iguales; a Nerón, a Catón, como ellos ya tenían su Roma incendiada, su Cartago destruida… 

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